- Ustedes dicen que la Biomúsica usa antiguos conocimientos sobre el uso del sonido y su influencia sobre el ser humano. ¿De dónde vienen estos conocimientos que se expresan en los ejercicios?
- Antes de responder es necesario aclarar que existe un modo de mirar la historia que privilegia lo que no se llega a explicar, es decir resaltando
los aspectos misteriosos, las sombras, las dudas, los dudosos saberes perdidos. Por estos motivos se concluye atribuyendo a fuerzas ocultas la razón de hechos que, a la luz de la razón, son tan obvios y naturales como la continuidad entre el día y la noche.
De todos modos, las antiguas religiones, los cultos, las supersticiones, los sacerdotes, magos y hechiceros están muertos y de ellos no quedan más que sus cenizas, pero los arquetipos que nutrieron a unos y otros perduran y continúan manifestándose. Aclarado este punto, respondo que en Biomúsica bebemos de distintas y variadas fuentes. Pensamos que hay conocimientos que han sido sepultados por el tiempo, reposando bajo la tierra por miles de años, pero que en éstos tiempos parecen haber asomado a la superficie para hablarnos en voz alta. Lo que hemos hecho es, simplemente, tomar la pala del estudio, ayudar a desenterrarlos y traducirlos en un lenguaje moderno.
- ¿Algún ejemplo?
- La palabra es sonido. En Biomúsica afirmamos que el sonido es una de las formas de energía, y la voz, ya sea a través de palabras o fonemas, es energía que influencia a quien la recibe y a quien la pronuncia. Tomemos, para ejemplificar, el caso de las palabras que llamamos nombres, veamos la importancia de nuestro propio nombre y después nos extenderemos a los nombres que en algunas culturas son considerados “divinos”.
El nombre propio está preñado de sentido, de características de la persona, de acontecimientos de su vida. No tener nombre equivale a no existir en la realidad: cuando se borra el nombre de alguien esa persona deja de existir. Por lo tanto imponer un nombre es conferir identidad y no simplemente distinguirse de otros individuos o especies. Un nombre siempre ha sido dado a cada persona y es algo con lo cual podemos identificar a esa persona. En la antigüedad esa era la costumbre. Las personas sólo usaban un nombre, sin embargo, a medida en que la población fue creciendo, fue necesario establecer distinciones. Fue así como comenzaron a utilizar las ocupaciones a manera de apellidos: Luis el cochero, Juan el zapatero, María la molinera. En algunas ocasiones, las personas usaban el nombre de sus padres para identificarse: el hijo de José, la hija de Santiago.
El nombre es la identidad, no sólo distinguirse de los demás. Un cambio de nombre indica que se cambia de estado o condición para iniciar una nueva existencia. Esta es la razón por la cual a los iniciados de algunas escuelas se les da un nombre nuevo cuando llegan a cierta etapa.
Más allá de las creencias particulares de cada uno, citaremos algunos ejemplos interesantes que nos pueden aclarar algunos interrogantes o abrir el paso a nuevas preguntas. En las alegorías bíblicas se usan los significados de los nombres de pueblos, ciudades, países, ríos, personajes y objetos para codificar mensajes ocultos bajo el significado literal. Algunos personajes de la Biblia, por ejemplo, también cambiaron sus nombres después que alcanzaron un alto grado de evolución: Abram cambió en Abraham, Sarai en Sara, Jacob en Israel, Gedeón en Gedeón Jerobaal.
Para la tradición hebrea hay una particular asociación entre el nombre y la persona: no se conoce a una persona a menos que se sepa su verdadero nombre, por lo tanto, si conozco tu nombre te conozco a ti, es decir que tengo poder sobre ti. Se narra, siempre en la Biblia, de un ángel que luchó con Jacob. Jacob lo venció pero al interrogarlo sobre su nombre el ángel se niega a pronunciarlo. Siempre siguiendo las escrituras, vemos que la misma fórmula, o sea una negativa análoga a la que dio el ángel a Jacob para no revelársele, es la que Dios usó para decir su nombre a Moisés: «Yo soy el que soy» (o «Yo soy lo que soy»)
- ¿Y con los nombres «sagrados» que se han popularizado?
- Cuando los sacerdotes querían poner un nombre a la divinidad, el asunto se complicaba. Un solo nombre es suficiente para cada uno de nosotros, pero en relación a lo divino se trata de abarcar -con una serie de sonidos ordenados como palabra- todo lo relacionado con lo que significa el universo, es decir con Dios.
Además, aún en el caso de una convención entre los miembros de la misma tribu, los sacerdotes llegaban a imponer restricciones al uso vulgar de los nombres de Dios, no cualquiera podía pronunciarlos. Para algunas culturas, el nombre de Dios tenía tanto poder que sentían temor de aún pronunciarlo: “no pronunciar en vano el nombre de Yahvé”. Esta advertencia se basaba en la convicción que Dios no está siempre a su disposición, y esto había que recordárselo a la gente. En el lenguaje común es reemplazado por Elohím o, más frecuentemente, Adonai, que significa señor, dueño, patrón (don). En el antiguo testamento se lo utiliza habitualmente para no pronunciar otro nombre más sagrado.
De modo que era mejor no abusar de dichos nombres porque sino se podía caer en la tentación de usar el poder divino para los propios fines. Por eso se afirmaba que nadie debía conocer el nombre de Dios, y sólo algunos elegidos tenían la facultad de pronunciarlo.
- ¿Por qué actuaban así?
- Tal vez ésta serie de prescripciones fueron establecidas por reales motivos religiosos, tal vez para consolidar una casta sacerdotal a la que sí le era permitido hacer uso a su discreción de tales nombres y, por lo tanto, tener la exclusividad del trato con lo divino. No es nuestro deseo tomar parte en esta discusión, sólo estamos sobrevolando lo que las tradiciones nos cuentan desde su eco remoto.
- ¿Hay más pruebas sobre este tema?
- Fíjese que en algunos idiomas arcaicos, llegaban a suprimir las vocales, escribiendo sólo las consonantes. ¿Qué sentido podía tener esto sino el de esconder? Basta investigar un poquito para descubrir –o volver a descubrir- lo que estamos afirmando. Además, esta costumbre llega hasta nuestros días: en las iglesias católicas se puede ver que el nombre Jesús no se escribe como se pronuncia, sino JHS, es decir sólo las consonantes.
- ¿Y en otras culturas?
- Los cananeos mantenían oculto el nombre de sus divinidades bajo el término genérico de Baal (“señor, dueño”). Según los musulmanes los nombres divinos, conocidos por los fieles comunes, son noventa y nueve (más uno que está escondido, es secreto y accesible sólo a los místicos más iluminados). Aquel que los aprende, los comprende y los enumera, entra en el paraíso y alcanza la salvación eterna. De hecho, entender la esencia de esos nombres –es decir sus atributos intrínsecos- es el primer paso para enriquecerse espiritualmente. Esta es la creencia que está a la base de la costumbre musulmana de recogerse en oración y hacer pasar entre los dedos las noventa y nueve cuentas de su rosario. En otras palabras, los nombres divinos tienen poder.
Mayor información: "Biomúsica - Edición Ampliada", 2005 - Mario Corradini
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