Años atrás, en las jornadas de “Educación por el arte” organizadas entre maestros argentinos,se afirmaba que el obstáculo más grande para el proceso educativo estaba en nosotros mismos, porque nuestra rigidez física y mental alejaba a los alumnos y creaba barreras a la comunicación. Estábamos preocupados por el temor a parecer ridículos y por una cierta inflexibilidad que favorecía la censura y la autocensura. Se hablaba, entonces, sobre la necesidad de buscar nuevos senderos pedagógicos para revitalizar la educación en los colegios.
Encontramos algunas respuestas a nuestra búsqueda en los juegos infantiles. Observando el modo en que los niños funden su emoción con su pensamiento y con la actividad corporal que desarrollan, escuchando las canciones con las que espontáneamente acompañan sus movimientos, comenzamos a pensar que se podía construir una metodología basada sobre técnicas diversas pero complementarias, usando la música como motor y elemento aglutinante.
Otras respuestas las dio la música misma, en su capacidad de movilizar y emocionar.
En la experiencia directa observamos, además, que el sonido dirigido puede actuar sobre el sistema bioenergético del cuerpo.
Cerrado el triángulo cuerpo-emoción-energía, vimos que estos resultados organizados como método podían experimentarse sobre todas las personas. Comenzamos a utilizarlo en diversas comunidades terapéuticas y allí la técnica se enriqueció con nuevas posibilidades.
En esta segunda etapa ya no teníamos objetivos puramente pedagógicos, ahora nos preocupábamos por identificar los conflictos que condicionan el comportamiento de la persona y entender el funcionamiento de aquellos mecanismos interiores que llevan hacia el sufrimiento.Fue así que, a partir de todas las consideraciones y conclusiones ya nombradas, se estructuró la Biomúsica, que luego, con los años, ha sido aplicada con éxito en una gran cantidad de situaciones.
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